Último adiós a los restos de playa Punta Gorda, carta de despedida.
Veracruz, agosto de 2015.
Por. Carlos Aguilar/ IMG Images.
Desde la última casa que sobrevive en Punta Gorda puede escucharse como
se desquebraja la superficie rocosa de la playa. Se escuchan
estruendosos y rechinidos que me cuesta trabajo identificar, ¿serán los
rugidos infernales de esas máquinas que todo lo abrazan con su aceitoso
fuego o los quejidos de dolor de la tierra que va siendo carcomida a
cada instante por el insaciable deseo progresista que caracteriza al
hombre urbano y moderno? Tienden un brazo de rocas que habrá de proteger
sus caudales de la furia de los mares y los vientos.
Desde donde estoy parado, puede verse a un pescador sentado a la vera del horizonte. En su frente hay sudor y en su boca un cigarro, yo estoy a lo lejos mirándolo, él está mirando las dunas que brillan al ritmo de los rayos del sol, de soslayo y cada vez que la enorme pala arremete contra la tierra se estremece henchido de dolor, se ha llevado las manos a la cabeza, se hirsutan todos los vellos de sus tostados brazos y ambos mudos nos volteamos, preferimos no mirar el repugnante espectáculo mecánico, optamos escuchar y apretar los dientes a cada testarazo. Aquí lo importante es sentir sin importar hacia donde, se levanta de su silla y sacude la ceniza del cigarro, mira el azul profundo de las aguas, su vista busca consuelo en ese plácido lugar donde la mirada pueda recostarse a descansar un rato.
El horizonte sigue siendo sumamente hermoso, asombroso para quien nunca antes le ha mirado.
Antes de poner un pie sobre la arena, desde el
puente pueden verse a ambos lados, por una parte los verdes bosques se
inclinan como si estuvieran cansados de resistir todo el tiempo la
fuerza de los vientos salados y al frente la playa, donde pueden
reconocerse dos tonalidades en la arena, una seca, ardiente y
centelleante y otra es la mojada, que se encuentra más próxima al mar y
combina perfecto con el primer tono de azul oscuro del agua que
horizontalmente está unido al azul celestial que las nubes han
embarrado. Aquí los azules son distantes de sus hermanos, a veces
parecen polares, a veces son dorados. Los días grises y nublados hacen
juego con todos los desechos que arrojan las alcantarillas de los
humanos. La basura dice tanto.
¿Y el pescador? ¿Yo quién soy para juzgarle? Solamente puedo mirarlo agachar la cabeza agazapado y levantar un poquito la mirada, expiándose las culpas con sigilo. Yo estoy arropado por esta comodidad tan citadina, con el músculo del deseo inflamado, deberíamos de equivocarnos en todos los hospitales y extirparlo, la cirugía sería costosa y de alto riesgo, sí, pero ahorraría una infinidad de males. ¿Yo quién soy para juzgarle? si vivo igual o peor, y como ya lo dijo Friedrich Nietzsche: “¿el afirmar que vivo ya es un prejuicio?”.
Lo miro fijamente, sospecho con fundamento en un prejuicio, que muy probablemente es de esa gente que habita en la playa y aparenta tener de vida menos años de los que lleva andando. Sin embargo, muy a pesar de sus cabellos negros que no muestran vestigios de blanco, en la barba y el bigote se asoman algunos vellos blancos, que confiesan no tener menos de 50 o 55 años. Su complexión es delgada y su estatura es mediana, más mexicana que otra cosa, su piel denota la historia de una vida viviendo a la orilla de esta y otras playas, quizá más de cincuenta años.
Ahora nuestras miradas se cruzan, aunque solo incidental y momentáneamente, detrás de mí sus ojos buscan al oeste, cerrando un poco las pestañas y tratando de enfocar la vista en algún lado coloca la mano sobre su frente se cubre un poco de los rayos del sol, la ha encontrado, al oeste puede verse aquella araña gigante asechando cuando duermen, cuando sueñan, cuando pescan y pastan cerca del bosque las reses y los caballos. Vuelvo a mirarlo abrazar con los ojos el mar entero, mientras recarga con el hombro todas sus penas sobre uno de los postes que en pie quedaron y que en otro tiempo sostuvieran su palapa.
Vuelven el rumbo sus pies descalzos, a unos cuantos metros yace un cúmulo de tablas destrozadas, hojas de palma despeinadas, restos de trastos y juguetes antiguos, una cubeta repleta de conchas marinas y más al fondo un montón de escombro junto al lavadero de concreto que por alguna extraña razón no se atrevieron a hacer pedazos. Han doblado la voluntad sus rodillas, posa su palma derecha sobre un pedazo de tabla sin temor a las astillas, anuda el puño izquierdo y con la fuerza del mismo, interroga al cielo azotándolo sobre las vigas, finalmente deja caer el torso encima para llorar y caer profundamente soñando.
La ultima carta...
“Querida Alicia, te escribo quizá por última vez desde este sitio en el cual viví poco más de diez años en la soledad de tu partida, como un fantasma entre esta gente que me hes ajena, pero con el tiempo esa sensación se ha vuelto tan familiar que no produce ningún sobresalto en mi ánimo. A veces no sé si el corazón que se paró fue el tuyo o el mío, no me atreví a ocupar el espacio hundido que dejaste en nuestra cama nisiquiera con alguna de mis extremidades, hoy nuestra cama, nuestro cuarto, nuestro refugio del mundo ya no existe más.
¡Ay Alicia, están decididos a devastarlo todo! Ni un centímetro de playa
quieren dejarnos en la memoria, ni un centímetro de bosque detrás. Han
enviado a esos hombrecillos, vestidos de negro, parecen funerarios
zopilotes, jamás descubren sus ojos las gafas oscuras, dicen que son los
abogados de la compañía que ahora es dueña de nuestros hogares. Yo
sospeche que algo andaba muy mal desde que dejó de contestarnos el
teléfono el comisionado del ayuntamiento que antes venía una vez al mes
por su respectiva mordida voluntaria, tarascadas que le propinaban los
vecinos con tal que los dejara trabajar en paz.
Se me figuran mucho esos hombrecillos trajeados a los zopilotes que deambulan sobre la descarga de porquería que nos lanza por la alcantarilla la ciudad, yo creo que solo los vistieron, les cortaron las garras, les pusieron zapatos y las gafas son para que la mirada de hambre vieja no los delate. Cuando vinieron a verme no quise ni un minuto darles la espalda por temor a que me fueran a atacar desprevenido y se alimentaran de mi carne en mi propia casa.
Comenzaron a visitarnos casa por casa, al principio creímos las historias que nos contaban mientras su máquina sanguinaria se enjugaba la boca para empezar a apuñalar las entrañas de este lugar. Dijeron que nadie sería desprovisto de su hogar, que solo serían modificadas algunas zonas de la playa para lo cual sería necesario remover varias palapas para construir comedores y cierto número de oficinas, claro, cualquier daño que causaran vendría acompañado de una jugosa remuneración económica. Luego todo se aclaró, nos dijeron que esta playa se utilizaría para actividad portuaria comercial, que sería cerrada para el público general y no habría más turismo en este lugar, a cambio nos ofrecieron empleos fijos y concesiones de comedores para sus nuevos empleados, entonces comenzaron a devastarlo todo a una velocidad espeluznante.
Hace unos días vinieron por la casa de Pancho y lanzaron la cuchara gigante de su trascabo sobre el techo, estuvieron llamando fuertemente a su puerta, creí que ya se había marchado con su hermana sin despedirse de nadie, las tablas del techo le cayeron sobre el cuerpo y lo lastimaron, se había quedado dormido y no escucho el llamado a su puerta pues se está quedando sordo.
A Pancho lo llevaron al hospital, dijeron que correrán con todos los gastos pero, ¿qué más dolor podrán causarnos? ¿Cuántos males más podrán ocasionarnos? ¿Existe una manera más profunda de herirme? ¿Acaso tienen espadas más largas, retorcidas y afiladas? Hace un par de horas extirparon de lo tangible de la memoria la época más feliz de la vida de un viejo. Mientras existía, todo aquí me recordaba a ti, a Maru, a nuestro nieto. A lo idílico de la historia que construimos alejados del mundo que no entendemos y que al final sus brazos alcanzaron lo que alguna vez creí invulnerable. Incluso al abrir la puerta del frente, por la mañana, sentía como la brisa marina me acariciaba el olfato con tu fragancia.
Quieren extirpar la historia entera de este lugar de todas las memorias. Venía bajando el pensamiento de dejar encriptados en la memoria, como siempre, algunos datos, cuando se topa con un sobresalto que le ha dejado sin aliento. ¿Cuándo este lugar deje de existir cómo voy a convencerme a mí mismo que ha sido real todo aquello que sentí, que sufrí, que gocé, que viví? Me dejan sin cobijo a todos los recuerdos. Miradas esquivas ignoran el sol que arropa a las tardes doradas.
Perdón por no haberte dicho esto en ninguna de las anteriores cartas, pero he pasado los últimos años en la comodidad de lo difícil que es la vida a la orilla de la playa, escribiendo y leyendo plácida y tranquilamente, recorriendo la orilla por las tardes. Si bien no era feliz al menos estuve mucho tiempo a gusto en mi ostracismo voluntario.
Ayer salí a dar un último paseo por la playa. Llegué más allá de la curva donde se agremiaron todos los pescadores cuando me rehusé a formar parte de su cooperativa, me robé el cadáver de un coral que la marea enferma había arrojado como flemático escupitajo, para jamás olvidar a la punta que existe, aún y cuando nadie está de su lado. Ya no pude llegar más allá de la casa de don Armando, hay un hombre con una macana que vigila y pareciera que tiene prohibido pestañear siquiera un instante mientras impide el paso.
¿Qué más podré decirte que no te haya contado ya?, ¿Cómo ha quemado el escarlata de todos los otoños en que no has estado?, ¿Cómo cada tarde se pintan con el color del oro la arena y el agua?. Ya estoy viejo y cansado, perdona que te lo diga así tan a la ligera pero hoy a la orilla del mar, pero creo que no podría acostumbrarme de nuevo a vivir tan próximo a los humanos, aquí si me daba la gana podía encerrarme sin tener que ver a nadie durante días. ¿Cómo le hago para entenderme con ellos si ya no tengo modales, si ya perdí las ganas de vivir? Todo me molesta, me he vuelto irascible y solo me contento leyendo un poco mientras me emborracho y escribo un rato. Huimos de ellos y nos refugiarnos aquí, este lugar fue mi cobijo del mundo durante tantos años.
Es curioso todo lo que siento por este lugar. En el fondo no amo tanto el dorado de sus tardes como su capacidad de sorprenderme, pero me enamoré de su carácter salvaje y silvestre, de su renuencia y rebeldía ante la vida, de su protesta a la existencia en medio de la nada, absorta y contradictoria playa, aquí florece la vida entre la mierda.
Me despido, Alicia, me despido de ti, de nuestra historia. Volveremos a hablar quizá en otra ocasión, entre mis sueños. No me quedan muchos motivos para vivir así que dejaré que me vaya consumiendo poco a poco la amargura.
Anhelando encontrarnos, Josué.
Y entonces pretendimos alejarnos de lo rastrero de nuestra procedencia, nos erigimos a nosotros mismos, bellos y altivos, utilizando como espejos los ojos de los demás. Nos figuramos el alcance de lo imperecedero, lo perpetuo, lo perfecto y desesperadamente intentamos asemejarnos lo más tocante a ello.
Edificamos ciudades enteras semejantes a nuestra pretendida nueva fisionomía y una moral decadente se desarrolló automáticamente en nuestros adentros a la par, ante la mirada atónita de todos los animales, dejamos de comportarnos como tales, presumimos advertir la evolución de sensaciones en sentimientos a causa del maldito pensamiento, desde entonces nada ha sido lo mismo, desde entonces devoramos todo lo que encontramos en el camino, incluso a nosotros mismos, para calmar el apetito que no nos deja descansar.
Fotografía: Carlos Aguilar/ IMG Images.







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